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21 noviembre 2007

El Niño Inmolado


El territorio mapuche se encuentra en una zona tectónicamente inquieta y en la prehistoria y también en tiempos históricos remotos y recientes ha estado expuesto a terremotos y maremotos, por lo que en distintos períodos se ha reactualizado el mito de tren tren y kai kai. Existen relatos según los cuales en un gran terremoto, en el año 1575, se inmolaron víctimas infantiles, y en 1960, en el sismo que destruyó a todo el sur de Chile, en la zona costera de Puerto Saavedra, en el cerro Mesa, se sacrificó al niño José Luis Painecur por indicación de la machi Juana Namuncura, para aplacar a kai kai, es decir al océano que estaba inundando todas las tierras de las comunidades. Desde tiempos ancestrales el cerro Mesa era un lugar sagrado para los mapuces. Allí se habían quemado los cuerpos de cientos de guerreros muertos en combate. En 1960 quedaron en su cima, aisladas por el agua, muchas de personas que oficiaban un rito para aplacar la furia del mar. Mientras ellos bailaban las olas iban alcanzando la cumbre y amenazaban con llevárselos a todos. En esas circunstancias extremas se perpetró el sacrificio. Del expediente nunca más se supo en la región. Dicen que se lo prestaron a un gringo que quería sacarle fotocopias para analizar antropológicamente la historia. Pero no apareció jamás. Ni en el juzgado de Imperial, que tomó las causas de Puerto Saavedra, ni en el Archivo Judicial Regional, en Temuco. Pero sí está en el Instituto Indigenista Interamericano, con sede en México. El caso, que alcanzó connotación internacional, es ahora casi una leyenda, basada en un hecho real de sacrificio humano. Hace 47 años y dos meses, José, un niño de 5 años, clamaba a gritos que no lo mataran. Pero no quisieron escucharlo y lo mataron. Y lo lanzaron al mar. Unos dicen que entero. Otros, que fue desmembrado poco a poco. De hecho, su cadáver nunca fue hallado.

Era el obscuro atardecer del 22 de mayo de 1960. Horas antes, Chile se había puesto luto por el peor maremoto y terremoto que recuerda su historia. La naturaleza había desatado su furia y la machi ordenó un sacrificio humano. Tenía que ser un niño. Según sus creencias, y presas del pánico, tal vez pensaron que ésa era la única forma de calmar al océano que había hecho desaparecer Puerto Saavedra, Toltén y Queule, y cuyos efectos rebotaron con olas de varios metros en Japón. La cultura mapuche no consulta los sacrificios humanos. Para que eso ocurriera, tendría que ser algo muy grande y terrible; algo que escapara a toda racionalidad. Tendrían que estar poseídos por influencias o fuerzas superiores a su propia voluntad para cometer un acto de barbarie, como dar muerte a un niño para aplacar la furia de los dioses... ¿Pudo el maremoto de 1960 originar tanto pánico para alterar el consciente colectivo, encender la chispa de la irracionalidad, matar a una criatura de cinco años y lanzarla al mar para calmar las aguas? ¿Hasta qué punto la machi Luisa María Namuncura trastornó los sentidos del abuelo del niño y de otros parientes hasta obedecerle ciegamente? ¿Puede una machi anular el raciocinio de una persona, su voluntad, y obligarla a hacer lo que ella afirma que ordenan las fuerzas que actúan en los espacios de su particular cosmovisión...? Pero así fueron los hechos. La machi, junto a su hermana Juana, al abuelo del menor, Juan José Namuncura Paiñao, y Juan Paiñao, quien habría lanzado al niño al mar, y otros participantes del cruento ritual, fueron detenidos y condenados. El fallo fue dictado por el entonces juez subrogante Ricardo Aylwin, primo de don Patricio, según el ahora jubilado secretario del juzgado, Carlos Torres, quien conoció el caso. Cumplieron su condena en la cárcel de Imperial. Ahora todos están muertos. Pero está viva la madre del niño, Rosa Painecura Marileo, hoy de 77 años. En una humilde vivienda de la isla Huapi, a unos 12 kilómetros al sur de Puerto Saavedra, la aún atribulada mujer llora al recordar aquellos obscuros momentos en que un tío, una semana después, le avisó que habían asesinado a su pequeño. Ella, madre soltera, trabajaba en Santiago. Nunca se explicará por qué su padre entregó a su nieto para que lo mataran. Domitila Castro, quien conoció de cerca el caso, dice que los mapuches primero arrojaron la sangre del niño al mar y luego el cuerpo.
  • Mi padre lo entregó a la machi. Parece que bailaron... purrún, cosas, brujería, no sé, allá en el cerro- , dice. Conmueven sus desgarradores sollozos.
  • ¿Y se calmó el mar...?
  • No sé si habrá calmao, o calmó solo. Cómo hacer eso con un niño... tirar su sangre, su cuerpecito al mar- , expresa en lenguaje entrecortado, tratando de ordenar sus pensamientos.
No recuerda muchos detalles. Sólo que desde ese momento quedaron rotas para siempre las relaciones con su padre, quien murió sin ser perdonado. La noche que mataron a José, Rosa tuvo un sueño en Santiago. Presintió que algo había pasado. Un pájaro me había llevado un pollo, y yo gritaba y gritaba que se llevaban un pollo, y así veía cosas extrañas, personas como sombras... El niño era, pues. Días después, su tío Segundo Marinao Painecura, quien denunció el hecho y le ayudó en todo, le avisó y la trajo de regreso a la isla, de la que nunca más ha salido. De eso hace 47 años. Del cadáver de su hijo nunca supo. El mar no lo entregó, o si lo hizo, nadie se percató, o a nadie le importó. Su madre dice que por más que fue al lugar, nunca vio nada de su pequeño. No fue sepultado. Su cuerpo desapareció. Al recordar y pensar en ello, rompe en desconsolado llanto. Domitila Castro dice que quienes supieron de este acto de barbarie cuentan que el niño, cuando lo llevaban al altar del sacrificio, rogaba que no lo mataran, y lo mataron, porque no tenía papá; tendría, pero la juventud no hace caso de estas cosas. El papá no reclamó nada, no se le vio por ninguna parte ni en el juzgado, nada.

Domitila Castro, de isla Huapi, indica hacia el cerro
La Mesa en donde la noche del 22 de mayo de 1960
fue sacrificado el niño y luego lanzado al mar.

Rosa vive ahora en isla Huapi, junto a Antonia Llaima, quien la acogió como si fuera familiar. La hace pasar por prima. Aquí estará conmigo hasta que muera, asegura. Según Walter Dettmar van Haindorf, ex alcalde de Puerto Saavedra, el caso es único en la historia de la comuna. Lo atribuye más que nada a la ignorancia, al atraso cultural mapuche de hace 40 años y a que así era su pensamiento religioso en ese tiempo, cuya torpeza era de tal magnitud que llegaron a matar a un niño para calmar el mar. Lo peor de este bárbaro crimen es que cuando ultimaron al niño, el mar hacía horas que se había calmado...

Según el antropólogo Eugenio Alcamán, de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi), este caso alcanzó connotación internacional. En su estudio tuvo participación el Instituto Indigenista Interamericano, con sede en México, en tanto la Corte Suprema de Justicia de Chile nombró una comisión de antropólogos, integrada, entre otros, por Alejandro Lipschutz y Grete Mospny, de la Universidad de Chile, para que analizara el hecho y evacuara un informe. La conclusión a que se llegó, según Alcamán, fue que el sacrificio del niño había sido una práctica cultural. Producto de ello, la machi fue liberada de responsabilidad penal, junto a las demás personas que habían participado en el ritual. El profesional dijo que en Santiago conoció el expediente de este caso, documento que fue transcrito a un anuario del citado Instituto Indigenista. Aldo Vidal, antropólogo de la Universidad de la Frontera, dice que el caso hay que situarlo en lo que los mapuches consideran que son fenómenos naturales o sobrenaturales, y cómo afectan a la vida humana. Mientras más grave sea la acción hacia el ser humano, más grande debe ser el sacrificio para restablecer el equilibrio que existía con aquellas fuerzas antes de que se produjera el fenómeno. Y probablemente sea cierto que eligieron a una persona que desde su propia visión de lo que es una vida humana íntegra, carecía de algo (se dice que el pequeño tendría algún grado de deficiencia mental). En tal sentido, sería una víctima menos dañadora del patrimonio colectivo.

A nosotros, civilizados, modernos nos produce horror este acto sacrificial, visto desde fuera de la cosmovisión mapuche. Seguramente a los mapuches y a otros pueblos originarios les producirían el mismo horror los actos de inmolación infantil de nuestra cultura occidental, como la famosa Cruzada de los niños, y más recientemente la pedofilia y toda la explotación comercial en torno la misma, el maltrato y el abandono de los niños y el aborto que si se suman al ecocidio conforman el panorama en que nuestra civilización se ha convertido en predadora de su propio futuro. Fuentes

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